¿Por qué la inteligencia artificial sacó a Maduro del poder?
Viczuly Mejias
1/7/20265 min read


La inteligencia artificial (IA) suele presentarse como una revolución inmaterial: algoritmos, datos y automatización. Pero esta narrativa oculta una verdad estratégica de gran alcance: la IA es, sobre todo, una revolución energética. Su crecimiento depende de infraestructura física masiva —centros de datos, redes eléctricas, capacidad de generación— y esa demanda está reconfigurando prioridades geopolíticas, económicas y tecnológicas a escala global.
Este dato es clave para comprender por qué Venezuela, lejos de quedar al margen del mundo, vuelve a ocupar un lugar central en los intereses de las grandes potencias, y por qué la reciente operación que sacó a Nicolás Maduro del poder debe leerse también en clave de competencia por energía y capacidad de sostenimiento tecnológico.
IA y energía: cifras que transforman la política global.
Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el consumo de electricidad asociado a centros de datos —el corazón físico de la IA global— está en pleno auge. En 2024, estos centros consumieron aproximadamente 415 teravatios-hora (TWh) de electricidad a nivel mundial; para **2030 se proyecta que ese consumo se duplique hasta alcanzar cerca de 945 TWh anuales, una cifra mayor al consumo energético total de Japón en la actualidad.
Este crecimiento no es menor ni aleatorio: representa uno de los segmentos de mayor expansión en la demanda eléctrica global, con tasas de crecimiento que superan el promedio del sector energético general y que transforman la manera en que los países piensan su seguridad energética.
La proyección de la AIE muestra que gran parte de esa nueva demanda será impulsada por centros de datos optimizados para IA, cuya energía requerida crecerá más rápido que la demanda de electricidad de otros sectores tradicionales.
Estos datos hacen evidente que IA y energía ya no son dominios separados: la IA, para funcionar, depende de electricidad estable, abundante y barata, y en el corto y mediano plazo esa electricidad seguirá estando fuertemente vinculada a fuentes que incluyen combustibles fósiles, gas natural y sí, petróleo indirectamente, como insumo base de muchas matrices energéticas y sistemas productivos.
De sostenibilidad abstracta a competencia real por energía
Este panorama revela una paradoja: mientras gran parte del discurso público promueve la “transición hacia energías limpias”, la realidad física de la IA exige fuentes energéticas densas y fiables que no pueden sustituirse completamente por renovables en el corto plazo. La AIE resalta que para satisfacer la creciente demanda de los centros de datos se requerirá una mezcla de fuentes de energía, incluyendo gas, carbón, nuclear y renovables, en proporciones que aún no están completamente resueltas.
Esto tiene implicaciones profundas: transforma la IA en un factor de presión sobre los sistemas eléctricos globales, obliga a repensar políticas de generación y suministro energético, y reconfigura la geopolítica de los recursos tradicionales.
En tal contexto, los hidrocarburos dejan de ser simplemente un legado del pasado para convertirse en una pieza indispensable del tejido energético que sostiene la economía digital del siglo XXI.
Venezuela: energía, soberanía y política internacional
Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del planeta, no está siendo relevante solo como materia prima histórica, sino como parte de la ecuación energética que sostiene una infraestructura tecnológica que exige energía física masiva. La IA no se ejecuta en la nube; se alimenta de electrones y de sistemas energéticos robustos, y eso devuelve valor estratégico a territorios con recursos energéticos significativos.
Esta reconfiguración pone en evidencia la contradicción del discurso internacional. Hoy se exige el respeto a la soberanía venezolana y al derecho internacional como si esa soberanía no hubiera sido sistemáticamente erosionada por la presencia de actores externos en la política venezolana durante años.
La presencia de asesores cubanos en áreas sensibles del Estado, la participación de Rusia en sectores de energía y seguridad, y los acuerdos con China e Irán no fueron hechos aislados ni desconocidos. Fueron tolerados, relativizados o funcionales a determinados equilibrios geopolíticos. La soberanía, en la práctica, ha sido un recurso discursivo activado selectivamente según intereses estratégicos.
Pero este debate no puede agotarse en la denuncia externa. También interpela de manera crítica a la política venezolana, en especial a la oposición.
Actualización obligatoria: oposición y soberanía estratégica. Persistir en una lectura de la soberanía como algo que se proclama o recupera mágicamente con un cambio de liderazgo es un error estratégico. La soberanía no se declara: se construye, y hoy solo puede construirse sobre bases políticas actualizadas que incorporen explícitamente las dimensiones energética y tecnológica que están redefiniendo el poder global.
Eso exige que la oposición venezolana dé un salto conceptual: dejar de lado discursos coyunturales, asumir que la disputa global por la IA implica competencia por energía física, y construir propuestas de política pública que pongan al país en condiciones de decidir sobre sus recursos estratégicos.
No se trata sólo de ganar legitimidad política, sino de plantear un proyecto de país coherente con las nuevas reglas del poder en la era digital-energética.
América Latina: integración frente a la competencia global
Esta discusión trasciende lo venezolano. América Latina, fragmentada y sin una estrategia común de cooperación en energía y tecnologías digitales, se expone a una nueva carrera por recursos estratégicos —petróleo, gas, litio, minerales tecnológicos— en un contexto donde la IA impulsa demandas energéticas sin precedentes.
La integración regional deja de ser un ideal retórico para convertirse en una condición material de viabilidad política y competitiva. Sin coordinación energética y tecnológica, los países latinoamericanos negocian desde posiciones de debilidad frente a potencias que ya están reconfigurando prioridades globales en función de capacidades tecnológicas, acceso a energía y control de infraestructuras críticas.
Conclusión: soberanía como construcción estratégica
La gran lección política de nuestra época es esta: la soberanía es una construcción activa y contingente, no una consigna abstracta. En la era de la inteligencia artificial, ya no basta con reclamar principios jurídicos; la soberanía se traduce en capacidad efectiva de decisión sobre recursos estratégicos, en marcos políticos que integren energía, tecnología y poder, y en estrategias colectivas que articulen proyectos nacionales con agendas globales en transformación.
Entender esta realidad no es un ejercicio académico. Es una exigencia política urgente. Porque en un mundo donde la IA redefine la demanda energética, la soberanía no se proclama, se construye con inteligencia estratégica.
